Destino y principios. Sin hache y con cariño
"A menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para
evitarlo." Jean de la Fontaine
Ante la complejidad de mi trabajo, muchas veces, cuando quiero encontrar la biografía de
algún grupo o algún solista, y muy a pesar de esos profesores que en su momento, y
repetidamente, nos lo desaconsejaron, utilizo la wikipedia. Y aunque en lo que se refiere
a definiciones “de andar por casa” es bastante “espesito” y filosófico, las utilizaré como
base, porque en el fondo nosotros siempre hemos sido bastante filosóficos. Lo cual,
ciertamente, es un lujo.
Al otro lado del pasillo me encontraba todas las mañanas un tipo largilucho y despistado,
desgarbado y sonriente que, como no, casi todas las mañanas me levantaba la moral. El
larguilucho, que por momentos me tuvo miedo, especialmente antes de cambiar mi fuerza
física por la verbal, fue mi consuelo durante esos dos años en los que el destino me había
llevado al lugar físico al que quería, la universidad, pero, lavándose las manos el muy cruel,
me regaló un entorno en el que mis ansias por aprender y mis ganas de conocer se chocaban,
una y otra vez, contra cristales de gruesa ignorancia y abundantes ganas de diversión, teñidos
de ese alcohol de garrafa que tanto se destila por SG.
Destino. Los wikis lo han definido de varias maneras, pero me quedo con “la red de posibili-
dades del futuro a causa de las acciones presentes y los acontecimientos pasados.”
Ante semejante panorama me pasé mañanas enteras saliendo a ese pasillo, que ha mejorado
notablemente tras mi marcha, como me suele pasar siempre, en busca de alguien que tuviese
algo que decir más allá de preguntas absurdas y conversaciones vacías que hacían de las horas
de clase puntuales torturas chinas. Y antes de llegar al final me encontré primero con unos
pelos muy rizados de un tipo muy particular, luego con una asturiana bajita que parecía que
siempre tenía algo que decir, y forzando, forzando, con el largilucho. Forcé porque, como
siempre, el encanto residía en la diferencia, y a mi siempre me han gustado los diferentes.
Tuve tanta suerte como hace ocho meses, y me encontré con alguien inteligente que tenía
cosas que decir. Y principios.
Principio. Los wikis lo definen, aplicado a aquello para lo que lo quiero, como un conjunto
de valores que orientan y norman la conducta de una sociedad concreta.
Por un momento lo de sociedad se me quedaba grande, hasta que me he dado cuenta de que
en el fondo éramos, o aquellos que los tenemos “somos”, una sociedad. Esa sociedad en la
que se enmarca ese conjunto de gente que lucha por no dejarse llevar, por pensar por si
misma y por decir lo que piensa sin que esto le suponga un perjuicio.
El caso es que disfruté esos dos años más en los descansos y en los botellones que dentro del
aula, gracias a conversaciones que llegaban más allá que el gran almacén de turno, con pala-
bras que en los malos momentos de marzo de 2004 me llevaron a sentirme menos sola, o en
los buenos de cualquier otro mes u otro año, como su último verano en SG, hacían que me
divirtiera, por dentro y por fuera, sin sentirme tan sola(o incomprendida).
Ahora el largilucho trabaja en casa, en su ciudad, y mientras yo espero a que el futuro acabe
de redondearse para sentarme en la cima de mi vida (que supersticiosa soy y que poco me
gusta poner esto) y preguntarme ¿Ahora qué más quieres?, él debate consigo mismo, y con
todos aquellos que quieren escucharle, si mantener sus principios y no lamerle el culo a nadie,
si marcharse porque esos principios estarán siempre por delante de cualquier trabajo, y con
eso se incluye abandonar el periodismo o si resistir hasta que el destino le dé la razón y le
coloque en el sitio que se merece antes de que se cargue a su jefe o pierda los papeles en
directo.
Recuerdo una conversación con dos grandes conversadores el año pasado, a estas alturas,
en las que juraba y perjuraba que NUNCA trabajaría para el corazón, o para aquello en lo
que no creyese, porque para eso siempre me quedaría la barra. Me encuentro en la privilegiada
situación de no tener que romperme demasiado la cabeza a la hora de escribir sobre grupos o
solistas, y por mucho que me gustaría poner a la SGAE a caer de un guindo no me puedo
quejar. Y aunque me levanto con la sensación de que me falta algo, considero que sería mucho
pero levantarte para ver la cara de un tipo que se esfuerza en hacerte la vida imposible tanto
como en lamer culos que sabes que no merece la pena lamer, y mucho menos cuando eso no
entra dentro de lo que conocemos como funciones a desempeñar por el periodista.
Yo no te puedo ayudar, porque no puedo asegurarte que no exista la equivocación o el arre-
pentimiento. No puedo pretender que entiendas mi postura, porque vivo, cómodamente, en
la ciudad en la que siempre he querido, duermo de vez en cuando con una persona a la que
quiero muchísimo, y a veces escribo algo que merece la pena. Más aquí que sobre el papel, pero
escribo. Así que no puedo ponerme en tu lugar. Pero pude, o estuve cerca, cuando me acostaba
las noches de invierno llorando a lágrima viva porque me parecía que el futuro que esperaba
no llegaba y mi sueño se había convertido en una pesadilla. Cierto es que tuve quién me
agarró aquí, pero por aquel entonces, viéndolo todo tan negro como yo lo ví, mi alegría era
esa chincheta que sujeta un folio que mueve el viento. Una ayuda. Y un riesgo.
Siéntate, con mucha tranquilidad, no escuches nada más que esos cantantes que te acompa-
ñan tantas y tantas noches de “autodestrucción” y piensa, todo lo fríamente que puedas. Si
tienes fuerzas para empezar en otro sitio hazlo, aunque sea muy poco lo que te aseguren y
mucha la tranquilidad moral que obtengas. Si tienes fuerzas para quedarte, hazlo, y sé uno
de esos que, a su manera, resisten contra la corriente y con el paso de los años miran con
orgullo esos momentos en los que, a pesar de la altura y la fuerza de las olas, siguieron
clavados en medio de un mar que se los quiso llevar por delante. Hagas lo que hagas nunca,
nadie, está del todo sólo.
Simplemente cierra los ojos y mira, dentro de unos años, qué te gustaría ver, porque si algo
he aprendido estos meses de experiencia “adulta”, es que ser feliz hoy no significa serlo maña-
na, y que muchas veces sueños y felicidad, no van de la mano. Si mi vida continúa, más o me-
nos, en este orden, miraré atrás y veré felicidad. Habiéndome cargado algún sueño. Pero esas
son otras dos palabras filosóficas y por hoy hemos tenido bastante.
Un abrazo Sambora.
